Pero "La colina" es, ante todo, un interesante drama carcelario con el fondo bélico que otorga la II Guerra Mundial. Es en pleno conflicto, en el Norte de África, donde los británicos tienen un campamento de prisioneros propios, donde envían desertores y otro tipo de 'despojos' del ejército. Una vez ahí, un oficial superior y el sargento de menor rango hacen la vida imposible a los prisioneros.
El título de "La colina" hace referencia a un pequeño montículo a pleno sol al que obligan a subir y bajar constantemente (a modo castigo) a los prisioneros. No penséis que lo suben pocas veces, y el calor y la carga que les obligan a llevar encima hará mella, convirtiendo en un infierno y una auténtica locura su estancia.Lo más destacable del largometraje son las interpretaciones. Por un lado la de un Sean Connery estoico en su postura de conseguir delatar y ajusticiar al demoniaco sargento que les hace la vida imposible. Un auténtico 'hijo de la gran...' que disfruta con su trabajo. Por otra parte, el superior (un enorme Harry Andrews en uno de sus mejores papeles) que intenta guardar la mierda debajo de la alfombra y pese a no defender al 100% lo que hace su subordinado, sí que disfruta con el sufrimiento de los prisioneros.
Ellos dos sostienen el largometraje camino de un vertiginoso in crescendo que se da en el tramo final. Es ahí donde la locura se apodera de todos. Hay palizas y amenazas por doquier con dos claros frentes, y donde la ley y quien manda tiene mucho peso como para lograr hacer lo que le venga en gana.El final, que no quisiera destripar, es —probablemente— de lo mejor del film. Los medios quizás no dieran para más y por ello el final es un tanto abrupto. Pero basta con ver el rostro de Connery y lo que repite a sus compañeros de celda para entenderlo todo. Un personaje que en todo momento buscaba la justicia y la verdad desde la elegancia, el saber estar y el no convertirse en una bestia despiadada, y que contempla como con todo a favor y habiendo 'ganado', sus compañeros no estarán de acuerdo con ello. Una clara derrota.
A fin de cuentas, de eso va la película, de unos seres derrotados de antemano que buscan una pequeña victoria. Una victoria que es imposible que llegue en aquel infierno. La sinrazón se ha apoderado de los que allí gobiernan: unos con mano dura y otros con desidia y dejadez. Sidney Lumet nos muestra perfectamente esa imagen oculta de la guerra, y lo hace con su marcado estilo personal, ya que sus planos tan cercanos a los personajes y donde mostrar su entorno acaban siendo agobiantes. Uno sufre la misma ansiedad que ellos gracias al buen hacer de Lumet.Nota: 7'5




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